Hace unos días leí un buen ensayo de Adolfo Estalella en ConTextos acerca de algo que él denominó el “científico unidimensional”. El ensayo de Adolfo centra la discusión en el problema del diálogo del científico social con la academia y con la sociedad. Ambos diálogos parecerían excluyentes entre sí, ya que la dinámica de la producción de conocimiento ha propiciado que el científico dirija sus mayores esfuerzos a abonarse puntos y reconocimiento dentro del ámbito formal de la academia, olvidando de esta manera a otro posible público (la “sociedad”, signifique esto lo que sea). La reflexión de Adolfo ha tenido resonancia en la bitácora de mi amigo Felipe Castro, quien a su vez ha reflexionado sobre la situación particular de los historiadores y su relación con la academia científica por una parte, y las formas de construcción de la memoria colectiva, por la otra. Felipe, con mucha razón, se queja que los historiadores optamos por ingresar al mecanismo de premios y recompensas del sistema científico, el cual marca pautas homologadas de producción de conocimiento sin distinción de la propia naturaleza -y función social- del mismo. Esto ha traído aparejada la marginación del historiador respecto del proceso de construcción de la memoria colectiva, pues ésta ha quedado en manos del “sistema público de enseñanza, los partidos políticos, las cadenas de televisión y las redacciones de los periódicos, esto es, en medios y espacio en los que los historiadores tenemos poca influencia”, según las palabras del propio Felipe.

Ambas reflexiones resultan muy pertinentes ya que nos llevan al centro del fenómeno descrito una y otra vez por Pierre Bourdieu en diversas obras, pero fundamentalmente en La Distinction (Minuit, 1979), Homo Academicus (Minuit, Paris, 1984) y Les Règles de l’art (Seuil, 1992). En apretadas y resumidas cuentas, la producción de capital cultural y la estructuración jerárquica de los distintos campos de producción cultural (la academia científica o la artística, la definición misma de quién es intelectual, científico o artista según ciertas reglas), están organizadas en función de las necesidades y estrategias de legitimación de la clase hegemónica. Las prácticas de los científicos (formas de diálogo, formas de producción de conocimiento), a las que se refieren Adolfo y Felipe, no son otra cosa entonces que las disposiciones para la acción de dichos agentes para sobrevivir sin contradicción o problemas en la lucha por adquirir cierto poder o mantener una posición o status quo cómodo dentro del respectivo campo de producción cultural. Pero no es de Bourdieu y el homo academicus de quien quiero escribir aquí, sino del problema del “científico unidimensional” y su uso por Estalella. Y aquí va mi crítica (amigable) a Adolfo.

El concepto de “científico unidimensional” no puede ser utilizado sin escuchar ciertas resonancias de la obra más conocida de Herbert Marcuse, One Dimentional Man (Boston, Beacon 1964), sobre todo por parte de un científico social que se pregunta acerca de que postura asumir frente al peligro de convertirse en eso. Y si bien es cierto que el problema del diálogo del productor de conocimiento (diálogo con quién, para qué) es uno de los puntos clave del asunto en los textos de Adolfo y Felipe, no resulta el aspecto fundamental sobre el que haya que decantarse para evitar seguir siendo un “científico unidimensional”.

La idea de Marcuse acerca del hombre unidimensional surge del análisis de la sociedad de post guerra que, después de los años cincuenta, se convirtió en una sociedad sin oposición en la cual la función crítica respecto al poder quedó paralizada. Parte de la estrategia para la construcción de la ficción de la sociedad democrática occidental del siglo XX pasó por intensos procesos de institucionalización de los derechos y las libertades (entre ellos el del pensamiento crítico) y, por consiguiente, de la función renovadora y revolucionaria de la producción y el uso del conocimiento. Es ahí donde aparece el hombre unidimensional, que produce y reproduce acríticamente los elementos legitimadores de dicha ficción.

El trabajo de Marcuse se escribió y publicó previamente a las grandes revoluciones sociales y culturales que significaron los diversos movimientos de finales de la década de los sesenta. Sin embargo, y a pesar de la contundencia de las grandes transformaciones que significaron los hechos de aquellos años, las clases hegemónicas han sabido mediatizar los nuevos derechos y libertades adquiridas con nuevos procesos de institucionalización que han logrado neutralizar el criticismo y han venido a reforzar la existencia del hombre unidimensional bajo la ilusión de mayor democracia, mayor libertad, mayor capacidad de acción, inclusión de las minorías antes marginadas a una vida política y la creación de plataformas (como la blogósfera) que ayudan a mantener la ficción de que existe una opinión pública activa, crítica y con peso en las decisiones.

La respuesta entonces a la pregunta (muy válida) de cómo dejar de ser un científico unidimensional, no pasa solamente por el problema de los diálogos y lo espacios de producción de conocimiento, sino por la naturaleza (crítica o no) de los mismos, es decir, por la construcción colectiva de un hombre omnidireccional.


Me acaba de llegar una invitación para participar en los Foros de Dimensión Antropológica, la revista en línea del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Los foros han sido abiertos para el debate virtual sobre diferentes temas. El foro fue abierto a iniciativa del Taller de Historia del Libro que coordina Carlos Monsivais y propone cuatro temas de debate hasta el momento:

  • Debate: hacia el bicentenario de la independencia y el centenario de la revolución mexicana, abierto por Esther Acevedo con una convocatoria a presentar fotografías referentes acómo concebimos ambas celebraciones.
  • Hacia el bicentenario de las independencias, abierto por Carlos Monsivais con una propuesta característica y que juega con “¿qué hubiera sucedido sí…?”, presentando “rudimentarios ejemplos para el entretenimiento…” que me hicieron reír bastante.
  • El foro Sangre judía en el pueblo mexicano, abierto por Felipe Navarro, promete ser de mucho interés pero aún carece de temas abiertos.
  • Y por último, Juan Manuel Robledo abrió un foro para el debate sobre la construcción de un museo del cine nacional en Durango.

Espero que tengan éxito con la convocatoria.


Puebo en viloEl pasado mes de mayo se cumplieron cuarenta años del clásico libro de Luis González, Pueblo en vilo. Juan Pedro Viqueira publicó en Letras Libres un interesantísimo ensayo a propósito del libro, de su autor, y de una discusión historiográfica que le ha comido la cabeza a varios académicos mexicanos acerca de la microhistoria gonzaliana y sus supuestas desventajas frente a la microhistoria a la italiana, como la que cultivaron Carlo Ginzburg y Giovanni Levi. Cito un parrafo del riquísimo ensayo de Juan Pedro, escrito como siempre con esa prosa sabrosa y polémica que le caracteriza:

Para empezar, conviene recordar el complejo diálogo que construye Luis González en sus trabajos de microhistoria con la llamada “historia nacional”. Hoy en día, en algunos círculos académicos, está de moda oponer la microhistoria gonzaliana a la “nueva” microhistoria italiana, como si se tratase de géneros tan distintos que, como el agua y el aceite, no pudieran combinarse de forma duradera. Sin duda es imposible confundir un libro de Luis González con uno de microhistoria italiana. Nadie pone en duda que existan notables diferencias en la manera de abordar el género microhistórico entre el historiador michoacano y sus colegas italianos. El problema es que la distinción se utiliza a menudo para descalificar la microhistoria gonzaliana. Según algunos, ésta no sería más que una forma de monografía local “a la antigüita”, de interés muy limitado. En cambio, la microhistoria italiana supondría una profunda renovación de la disciplina al plantear nuevos problemas de investigación, y al cambiar la forma de pensar las relaciones entre lo local y lo general, y al inventar nuevas formas narrativas. Estos críticos no saben obviamente que Carlo Ginzburg le escribió a Luis González una carta para contarle cómo Pueblo en vilo despertó su interés por los fenómenos micro.

El párrafo de Juan Pedro tiene una llamada a pie de página en la que se lee que la fuente para esta afirmación es una comunicación personal de Jean Meyer, historiador que, a mi juicio, ha establecido también un complejo diálogo entre los fenómenos regionales y la llamada “historia nacional”, abriendo surco a su vez en otra especie de microhistoria. Para ello, no hay más que leer sus libros La Cristiada o Esperando a Lozada. Pero volviendo a la nota a pie de página, Juan Pedro escribe:

… En su artículo, “Microhistoria: dos o tres cosas que sé de ella”, Ruptura (Universidad Juárez Autónoma de Tabasco), 10-11, marzo-junio 2002, pp. 11-27. Carlo Ginzburg se refiere en varias ocasiones a Luis González como pionero de la microhistoria. Señalemos que Ginzburg no es el único historiador europeo de prestigio que ha admirado su obra. En el año escolar de 1987-1988 tuve el gusto de escuchar a Pierre Vilar, en el seminario que impartía en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales, elogiar el artículo de Luis González y González “Suave matria”, Invitación a la microhistoria / Obras completas, tomo IX, México, Clío / El Colegio Nacional, 1997, pp. 167-187.

Solamente un bocadillo. Para abrir boca.

El resto del artículo de Juan Pedro Viqueira en Letras libres, año X, núm. 113, mayo de 2008, pp. 48-56


I.- El detonante

Hoy por la tarde leí en Cliotropos la entrada sobre el proyecto Knol, de Google. Ahí, Felipe Castro reflexiona acerca de las diferencias entre este proyeto y las wikis (en específico la wikipedia, pero que se puede aplicar al resto de las wikis, comenzando por la ideada por Ward Cunningham en 1995). En el momento en el que lo leí solamente se me ocurrió dejarle a Felipe un breve comentario, pero la cosa me quedó dando vueltas en la cabeza durante un buen rato.

A simple vista, la diferencia parece radicar exclusivamente en que la wiki ofrece contenidos (léase conocimiento) de autoría colectiva, mientras que knol es un proyecto que reconoce la autoría individual. Las implicaciones de ello y que Felipe anota son varias. Por ejemplo, en knol no existirá la continua corrección de entradas que tiene un artículo de wiki, con lo cual, mientras que en las wiki se busca un solo artículo por tema, en knol forzosamente existirán varios sobre el mismo tema y, seguramente, repetitivos, contradictorios o en debate. El proceso social de construcción de conocimiento que existe en las wiki mediante el borrado/modificado colectivo se volverá en knol solamente un proceso social de calificación de la información por medio de votos y comentarios a los artículos, ya que nadie distinto al autor del mismo podrá borrar o modificarlos. Este funcionamiento de knol evitaría lo que alguna vez, tanto Felipe como yo -ex-wikipedistas fugitivos y confesos-, tuvimos que ver sucedía con nuestras aportaciones: interpretaciones de datos o los propios datos históricos de primera mano (documental) y novedosos (pues los acabábamos de procesar en un archivo), eran borradas por el colectivo para regresar a los datos o interpretaciones consignadas en… ¡historiografía con por lo menos tres décadas de antigüedad! Pero la cosa no para ahí.

Más tarde me topé con las dos recientes entradas de ConTexto, la bitácora de Adolfo Estalella, que consignan la realización de un evento en Madrid, el 18 y 19 de este mes (o sea, que ya no llegamos a tiempo desde este lado del charco porque ya está siendo), llamado wikiST, Producción ciudadana de eSTandares. En la primera de ellas, Estalella relaciona tres palabras fundamentales, conocimiento-poder-tecnología, con otra palabra clave en la era digital, de Internet y Web 2.0: estándares ciudadanos. Remito urgentemente a su lectura para poder seguir el hilo de lo que sigue sin tener que hacer el feo Ctrl+C - Ctrl+V.

II.- Conocimiento histórico: historiografía profesional y memoria colectiva en la época de lo digital.

Llamo época de lo digital a todo lo que nos ha tocado vivir desde la revolución de las computadoras/ordenadores personales a finales de los setenta. La presencia de estas máquinas en las universidades mexicanas con bastante más frecuencia desde inicios de los años ochenta y vinculada con la aparición de La Red (www) a finales de la misma (basada en un método de interconexión descentralizada de redes de computadoras conocido desde fines de los sesenta, aka Internet), tal parece que nos dejó paralizados a los universitarios y académicos, sobre todo a los más cargados hacia las ciencias sociales y las humanidades. Quizá las generaciones más jóvenes de antropólogos, etnógrafos y sociólogos han empezado a rascarle con más provecho a este asunto. Pero los historiadores nos hemos rezagado, pues no hemos terminado por comprender los potenciales de los medios digitales y la tecnología de computadoras no solamente como recursos para la investigación sino para la difusión, pero sobre todo la discusión en el proceso de construcción del conocimiento histórico. Debo decir, en descargo de Felipe Castro (para el caso mexicano), que él ha sido uno de los pioneros en utilizar La Red para el beneficio de la comunidad de clionautas a partir del proyecto de H-México, fundado por él, Antonio Ibarra y otros colegas en 1995. Sin embargo, nos seguimos quebrando la cabeza pensando en la mejor manera de potenciar la comunicación tanto entre lo propios colegas clionautas del medio académico y profesional, así como de estos con el público en general que suele consumir y tener su opinión sobre el conocimiento y los hechos históricos. Vuelvo aquí entonces sobre el problema de conocimiento-poder-tecnología y estándares ciudadanos.

No tengo detrás lecturas teóricas adecuadas al respecto. Lo que sigue es completamente extraído de la observación empírica tras la experiencia de varios años de cibernauta aunado al gusto de experimentar diferentes tecnologías para utilizarlas en mis procesos de investigación. Dejo por ahora de lado -aunque creo que debería ocuparme del tema en otro momento y de manera específica para historiadores-, la amplia gama de recursos que ofrecen los medios digitales, las computadoras y La Red para el trabajo del historiador, pues muchos colegas todavía siguen viendo a las computadoras como máquinas de escribir que permiten corregir textos sin gastar papel. Me refiero a herramientas y procedimientos como el acopio de información (consultas a catálogos de bibliotecas y archivos digitalizados), el procesamiento de información en bases de datos con métodos cuantitativos y cualitativos, la exposición e intercambio de información con colegas y estudiantes, el trabajo en seminarios a distancia mediante weblogs, la yuxtaposición de dos o más discursos (texto, imagen, sonido) para potenciar la fuerza explicativa/comprensiva de un argumento, y un sinfín de maravillas. Pero me salto por ahora todo eso y me centro en el poblema de la sociabilización del conocimiento construido mediante reglas disciplinarias consensuadas (el método del historiador, el método del antropólogo, el método del científico) y el cómo esa sociabilización empata/no empata con la construcción social del conocimiento.

En la era post-foucaultiana ya nadie puede afirmar que no existe conocimiento elaborado -aun el que en apariencia es más aséptico, como el autodenominado científico de las ciencias duras, o en apariencia socialmente benéfico, como el tecnológico, de las ciencias aplicadas-, ni conocimiento expresado, nemotética o ideográficamente, que no conlleve en sí y detrás de sí una toma de postura frente a la realidad por parte de quien o de quienes lo crean y reproducen, y en consecuencia funcione como un instrumento para el ejercicio del poder (dicho esto de la manera más burda para resumir, aunque si se me apura, lo desarrollo en otro lugar). En el caso del conocimiento histórico este fenómeno es mucho más evidente dado que se suele construir la memoria histórica para legitimar o deslegitimar una situación política dada, por supuesto, desde el ejercicio del poder (la historia la escriben los vencedores). Y aunque en algún momento determinado alguna innovación histórica hecha desde el poder pudiese causar reparos de algunos que están en la oposición, la continuada difusión de la historia oficial, desde los programas de educación cívica de las escuelas primarias hasta los contenidos “históricos” de los medios de información -radio, televisión y periódicos-, termina por conformar una idea sociabilizada y uniforme (un estandar desde el poder), en la mente de los ciudadanos al grado de convertir ese discurso historiográfico en mitos difíciles de extraer.

En el caso de los estándares ciudadanos respecto a los contenidos historiográficos de las wikis, son estándares que se suelen construir a partir de los libros de texto oficiales (la historia oficial), o a partir de material polémico que, más que llevar a cabo una investigación sistemática sobre un tema determinado elaboran una descalificación sistemática del discurso historiográfico oficial.

¿Qué sucede cuando un conjunto de historiadores académicos -adjetivo que no implica, por supuesto, dejar de tomar una postura política frente a su práctica profesional-, encuentran una, digamos, tercera vía de interpretación distinta a la oficial y a la de oposición con base en un estudio más sistemático de la información que ofrecen las fuentes históricas?

Creo que ese es el punto en el que nos tenemos que detener a reflexionar los historiadores académicos a la hora de pensar nuestra vinculación, ineludible, con lo digital. Ningún conocimiento es acabado ni absoluto, sea de la biología, la matemática o la historia. Siempre está en proceso de modificación. Ninguna entrada y ningún tópico de cualquier wiki es la última palabra pues siempre se le podrá adicionar una nueva interpretación, algún nuevo descubrimiento sobre el fenómeno o dato sobre su estructura. Pero en el caso del conocimiento histórico el asunto se torna más espinoso.


h223.jpgHace unos meses salió de la imprenta, bajo el sello editorial de El Colegio de México, un texto pensado como un manual para estudiantes universitarios que quieran entender en su conjunto la historia colonial de Iberoamérica, pero que rebasa con mucho esa meta y se convierte en un texto fundamental de divulgación del conocimiento histórico sobre ese tema, por tres razones fundamentales: es la mejor síntesis hasta ahora escrita sobre historia colonial de Iberoamérica, esta escrita en un lenguaje que atrapa también a no estudiantes y, por si fuera poco, presenta en esos términos didácticos a una corriente historiográfica que no ha sabido anteriormente salirse de los parámetros del texto académico, para académicos, leído solamente por académicos y especialistas.

Oscar Mazín, profesor e investigador del Centro de Estudios Históricos del Colegio de México y actual director de la revista Historia Mexicana, nos regala en su libro una mirada integral y asequible sobre Iberoamérica, un área sociocultural y económica inmensa que fue resultado de la expansión europea, hispánica y portuguesa, de los siglos XV y XVI. El libro, por cierto, es una adaptación de un trabajo anterior publicado en Francia y con los mismos fines de divulgación, pero que se ha amoldado a los parámetros de los estudiantes universitarios mexicanos.

Nueva España, Perú y Brasil, o lo que en aquella época se conocía como las Indias Occidentales, se desarrollaron como un conjunto de reinos autárquicos en un primer momento. Después de un periodo de conquista (1492-1540), vino un periodo secular de asentamiento, poblamiento y pacificación (1540-1640), en el cual se conformaron los primeros virreinatos y se estableció, para el caso hispánico -al que la corona de Portugal estaría unida hasta 1640-, la grandeza del Imperio de Carlos I y Felipe II. Las continuas guerras europeas hizo que los monarcas -pero sobre todo, sus validos-, dejasen un cierto margen de libertad para que las Indias fueran gobernadas por los intereses de los grupos de poder locales por lo menos otro siglo (1640-1760), que Mazín llama el periodo de la Pax Hispánica. Con el cambio de siglo, el arribo de una nueva casa reinante en España y los cambios de perspectiva de gobierno en Portugal, viene un periodo de reformas -las reformas borbónicas en España o las reformas pombalinas en Portugal-, que buscan centralizar la organización y administración de los dominios desde las metrópolis, trastocando las relaciones que hasta entonces se habían establecido. Reformas que tuvieron como consecuencia a mediano plazo la independencia de la mayor parte de los dominios del otrora Imperio donde no se ponía el sol.

Pero, aparte de una cronología comprensiva muy acertada, el libro de Mazín también pone énfasis en los elementos políticos, culturales, sociales y económicos fundamentales para entender el devenir de la historia de las Indias Occidentales. Un primer punto es la importancia de las ciudades como ejes articuladores del territorio del Imperio. Según Mazín, solamente dos formaciones políticas imperiales (la romana y la hispánica) tuvieron desarrollada a tan alto grado esa vocación urbana. Y este aspecto queda muy bien ejemplificado en el posterior desarrollo del texto, donde cada uno de los temas (la política, la economía, lo social, lo cultural), no tiene cabida si no se comprende desde el entramado de ciudades que dominaban las vastas regiones: de Manila a Sevilla, pasando por Acapulco, México, Veracruz, con conexiones a Guayaquil, Lima y su puerto de El Callao y, entremetiéndose en la cordillera, Cuzco. En este sentido, también, la fundación y sostenimiento de ciertas ciudades va a tener una importancia fundamental en las relaciones con la población autóctona que va más allá de la organización social y política del trabajo de los indios: es una relación simbólica, la que tienen México (antes Tenochtitlan) o Lima contra Cuzco, que redefine las grandezas pasadas y presentes de los imperios, al menos en el discurso de poder de las elites allende y aquende del Atlántico.

Mazín da cuenta, en 332 páginas de suave lectura, del complejo entramado de las relaciones políticas entre indios y españoles y de la organización de las diferentes instancias de gobierno y administración de justicia, desde las ciudades y los pueblos de indios, pasando por las instituciones del rey y de la Iglesia, tan importantes unas como otras para entender el gobierno de esos vastos territorios y diversidad de gente. Trata con justeza el tema del mestizaje y de la economía, haciendo un balance equilibrado entre la importancia del comercio, la minería, la agricultura y la ganadería. La segunda parte del libro se adentra en temas culturales a través de los cuales nos hace un retrato profundo de la vida de los hombres y mujeres que habitaban las Indias Occidentales. Los tiempos, la religión, las artes y las letras, la vida privada y las distracciones son cosas historiables lo mismo que la política, la sociedad y el trabajo, la economía. Y la presencia de esta diversidad, ampliamente tratada en el libro de Mazín, es lo que le da riqueza y complejidad. Mas nada mejor que leer las primeras líneas para entender a lo que me refiero:

Iglesias barrocas cuajadas de oro y plata albergan extrañas imágenes de santos. Como trazadas a cordel, las misiones pululaban desde el sur de Paraguay hasta la Alta California. Incontables haciendas ceñían los paisajes cual pequeñas ciudades autárquicas a las que no se podía acceder sino a caballo. Todo viajero tenía bajo su mirada esa serie de manifestaciones de norte al sur del continente, desde las playas californianas hasta la Tierra de Fuego. Dos lenguas comunes, el español y el portugués, se hablaban al lado de múltiples lenguas autóctonas. En fin, los palacios abundaban y las campanas de los conventos despertaban cada mañana ese mundo americano de ciudades al olor del incieso y del chocolate.

Oscar Mazín, Iberoamérica. Del descubrimiento a la Independencia, México, El Colegio de México, 2007, 332 p. (Seminario de Textos Universitarios)

22510100946510m.gifTexto francés: L’Amérique espagnole: XVIe-XVIIIe siècles, Paris, Les Belles Lettres, 2005

Víctor Gayol


tejido fino

26Nov07

Hace ya algunos meses, los colegas del Grupo Kw’aniskuyarhani de Estudiosos del Pueblo Purépecha, organizaron una reunión en la que se comentó el libro de Rodrigo Martínez Baracs, Convivencia y Utopía. El gobierno indio y español de la “ciudad de Mechuacan”, 1521-1580, México, Fondo de Cultura Económica, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2005, 471 p. En esa sesión hicieron también muy buenos comentarios (mejores que el mío): Felipe Castro Gutiérrez, don Carlos Herrejón Peredo, Hilario Topete e Ismael García Marcelino. Cuelgo aquí el textito que leí entonces:

f8155.jpg“Quiero agradecer a los colegas, Carlos Paredes Martínez y Carlos García Mora la invitación para estar aquí el día de hoy, con este grupo de estudiosos Kw’anískuyarhani, “investigar con el entendimiento”. Pero sobre todo, quiero agradecerle a mi amigo Rodrigo el haberme regalado hace dos meses este libro que escribió y que comentamos hoy. Y se lo agradezco porque en él descubro una invitación a recorrer de nueva cuenta la historia michoacana del siglo XVI a través de sus ojos indagadores que no se satisfacen con respuestas sencillas. Por eso no quiero que este comentario sea una sesuda crítica o una reseña académica, sino una invitación a leer pausada y atentamente las casi 500 páginas de Convivencia y Utopía, comunicándoles a la vez el gozo que experimenté al leerlo.

Yo no soy especialista en asuntos michoacanos como sí lo son los comentaristas a los que acompaño. Ni en los tarascos en la época colonial, como lo es Felipe, ni soy especialista en la ciudad de Guayángareo, como sí lo es don Carlos, ni en cultura purhépecha contemporánea como lo son Hilario Topete e Ismael García Marcelino. Ellos tienen mucho más que decir respecto a cuestiones puntuales del libro. Pero soy historiador y creo que puedo apreciar la manera en la que se escriben los libros de historia. Y de eso quiero hablarles: de cómo está construido, edificado, y de qué trata Convivencia y Utopía.
Convivencia y Utopía es un libro sencillo porque se lee con una gran facilidad y atención gracias a la impecable pluma de Rodrigo. Pero a la vez es un libro complejo por su diseño, por la manera en la que está armado, por su arquitectura, porque los libros, como las casas, tienen cimientos, tienen paredes, tienen ventanas y techos. Y en este caso el libro tiene unos cimientos muy sólidos (documentales e historiográficos), unas paredes fuertes (la estructura narrativa y la argumental con la que el autor reflexiona sobre los hechos), y un techo que cobija al lector que es justamente la escritura amena.

Es un libro en el cual el autor intenta y logra, creo yo, tres cosas fundamentalmente. En primer lugar nos narra una historia que resulta muy difícil de contar porque el tema del gobierno indio y el gobierno español tiene muchos recovecos, además de que toca temas en los que muchos investigadores y sabios han incursionado. En segundo lugar, para contarnos bien la historia, el autor no se contenta con explicarnos en su narración el cómo se van desarrollando los acontecimientos, sino que nos va ofreciendo continuamente una serie de claves para la comprensión de lo que está narrando. Y por último, va haciendo preguntas a cada paso, abriendo e invitando así a sus colegas (a nosotros) a abordar todos esos problemas de investigación que obviamente no pueden resolverse en un solo libro.

Además, es un libro que tardó casi veinte años en cocinarse. En 1986 Rodrigo encontró, aquí en el archivo histórico de la ciudad de Pátzcuaro, un documento del año de 1577 que trata del pleito que se armó cuando Hernán Sánchez, escribano de Guayángareo, intentó robarse la caja de “tres llaves” de la ciudad de Pátzcuaro, en el interior de la cual se guardaban, entre otros papeles, las reales cédulas que acreditaban que Pátzcuaro llevaba por título el de ciudad de Mechuacan. Fue entonces cuando don Juan Purúata, gobernador indio de la ciudad y por aquel tiempo segundo marido de la poderosa María Maruáquetzcu (viuda de Antonio Huítziméngari), levantó una querella ante el justicia y alcalde mayor Sebastián Macarro. El documento deja constancia de un asunto judicial que pudo haber pasado inadvertido a ojos de otra persona. Un robo de una caja, y ya. Pero el autor se dio cuenta que detrás de este robo había un enorme pleito entre Pátzcuaro, Tzintzuntzan y Guayángareo, en el que disputaban cuál de las tres poblaciones era la “ciudad de Mechuacan”. En otras palabras apreció la dimensión del problema y se avocó durante años a proponer una explicación satisfactoria, la cual presentó como tesis doctoral hace unos cuatro años en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. ¿Cómo había llegado a darse ese pleito de 1577 en el que estaban involucradas autoridades indias y españolas, seculares y eclesiásticas? ¿Por qué pleiteaban por el nombre de una ciudad? ¿Qué implicaba esto?

Una ciudad en aquel tiempo no se definía de la misma manera que ahora, es decir, a partir de una serie de factores como lo son el número de habitantes, de servicios, la concentración de actividades económicas y otros indicadores de urbanización que consideran los estudiosos. Una ciudad en aquel entonces era ciudad porque estaba dotada con una serie de privilegios otorgados por el rey –privilegios políticos, económicos y de otro tipo-, que le permitían ejercer un control sobre las poblaciones a su alrededor, recaudar impuestos, mandar, ser cabeza de provincia. Por supuesto que para los vecinos principales, es decir, para las elites de una población, el que ésta tuviera el título de ciudad les otorgaba capacidad política para relacionarse con otras autoridades, como el rey, el virrey, la audiencia, el arzobispo o el obispo y, por supuesto, con otras ciudades y poblaciones. Pero el pleito entre Tzintazuntzan, Pátzcuaro y Guayángareo, no era simple y sencillamente un pleito de a ver cuál población era ciudad, sino que era un pleito que implicaba qué grupo tenía la condición para controlar políticamente la provincia. Desde su fundación también como ciudad de Mechuacan, en 1541, Guayángareo era una población primordialmente española con elites españolas que se habían trasladado ahí desde la antigua ciudad de Mechuacan (Uchichila o Huitzitzillan o Tzintzuntzan) tres años después de que Vasco de Quiroga trasladase a su vez el obispado de Tzintzuntzan a Pátzcuaro. Por su parte, las elites de Pátzcuaro eran los descendientes de los acháecha, de los antiguos señores de linaje uacúsecha que habían construido un importante iréchequa que controlaban desde la región lacustre (Pátzcuaro – Ihuatzio – Tzintzuntzan) desde por lo menos la segunda mitad del siglo XV hasta la llegada de los españoles. Y por otro lado, el pleito entre Pátzcuaro y Tzintzuntzan era un pleito entre las mismas elites uacúsecha, es decir, entre los que se trasladaron a Pátzcuaro y los que se quedaron en Tzintzuntzan y que se negaban a perder su antiguo estatus de ciudad. Pero el pleito se hizo más complejo por otra serie de discusiones en la que los protagonistas eran el clero regular –los franciscanos asentados en su monasterio en Tzintzuntzan-, y el clero secular, es decir, el obispo de Mechuacan, Vasco de Quiroga.

De por sí ya es difícil contar esta historia de las relaciones de poder, de las disputas y de las alianzas temporales de los diferentes grupos de intereses que están detrás de la discusión sobre a qué población le correspondía el título de ciudad de Mechuacan. Sin embargo la narrativa del autor nos va introduciendo meticulosamente en las diferentes aristas del relato, en los actores y en el transcurrir del tiempo. Los protagonistas de la historia son el gobierno español y el gobierno indígena de la ciudad de Mechuacan – Pátzcuaro, y las relaciones entre ellos. Nos cuenta la manera en la que se crearon ambos poderes y como fueron teniendo mayor o menor control político desde la conquista hasta el año de 1580, cuando al traslado definitivo del cabildo español a Guayángareo –llamado Valladolid desde 1577 o 1578-, le siguió también el traslado de la catedral, restándole así importancia política a Pátzcuaro.

En el relato se van entrelazando un sinnúmero de personajes, muchos de ellos clave, para esta historia política. Conquistadores, encomenderos, acháecha uacúsecha y sus herederos, frailes, oidores, corregidores, y otras autoridades indias y españolas. Sin embargo, el autor no nos presenta solamente el complejo relato de lo acontecido, sino que nos ofrece las claves para comprender los hechos tratando de reconstruir a la par la perspectiva de los protagonistas de este relato. Es decir, hay un esfuerzo constante por introducirnos en un mundo y en un tiempo histórico cuya cultura era muy diferente de la nuestra de hoy en día. Y esto es lo que le da un giro muy interesante y enriquecedor al relato. Porque no basta explicar, narrar las acciones de un Antonio Huítziméngari, de un Pedro Cuínierangari, de un Francisco Taríacuri, de un conquistador extremadamente violento como Nuño de Guzmán, del utopista Vasco de Quiroga o de un personaje execrable como el encomendero Juan Infante, sino que hay que comprenderlas en su contexto cultural. Y este contexto es el de una cultura que en el siglo XVI se está transformando rápidamente, pues tanto los referentes culturales de los indígenas michoacanos se fueron transformando con el contacto, como los de los españoles y nahuas que llegaron a estas tierras.

Por eso al relato le acompañan y sirven como urdimbre del tejido copiosos argumentos que nos van haciendo comprender qué sentido tenían las acciones de cada uno de los protagonistas. El ejemplo más impresionante de esto es la propia entrada al libro previa al relato: un capítulo de 61 páginas en las que el autor se dedica meticulosamente a hacernos comprender la importancia de los nombres: los nombres de las cosas, los nombres de los lugares, los nombres de las personas. Y si alguien se salta este capítulo queriendo entrarle directamente al relato, no va a entender el porqué el autor, en un momento determinado de la narración en la que nos venía hablando de Uicicila, nos va a empezar a hablar de Uchichila y luego de Tzintzuntzan para referirse al mismo sitio. Este cambio no se trata de un error sino todo lo contrario: en primer lugar es evitar el error que produce ese fantasma que nos persigue a los historiadores, el anacronismo. Pero en este caso va más allá pues nos sensibiliza en el hecho de que lo que se dice y el como se dice, la manera en que se nombra, por ejemplo, a una población o a sus habitantes en un documento, en un proceso judicial, refleja las convicciones, la posición política y las expectativas de quien habla, de quien nombra. Y no sólo eso, sino que enfatizados estos cambios a través de la narración nos va introduciendo en parte de esta vivencia que debieron experimentar los protagonistas ante las transformaciones culturales y políticas de su tiempo.

Otro aspecto destacable del libro y que enriquece mucho la narración y la comprensión de la historia es que el autor se preocupa por insertar la historia del gobierno indio y español de la ciudad de Mechucan en una serie de contextos que se entrecruzan con la historia michoacana del siglo XVI y que la hacen más inteligible. De este modo por ejemplo, los capítulos IV y V, dedicados el primero a describir la manera en la que Vasco de Quiroga adquirió un pensamiento comunitarista utópico influido por Tomás Moro y Erasmo y el siguiente a relatar la forma en la que Quiroga aplicó ese pensamiento mediante la fundación de los pueblos hospitales de Santa Fe en México (1532) y Mechuacan (1533) y lo que sería el proyecto de su vida: la fundación de una ciudad india y española, cabecera secular y eclesiástica de la provincia de Mechuacan. A través de los personajes como Quiroga, Moro, Las Casas, en estos capítulos nos adentramos en el mundo europeo de principios del siglo XVI y observamos los procesos de transformación que se estaban llevando a cabo a raíz de la expansión iniciada en los años finales del XIV. Entendemos entonces que los proyectos comunitarios tienen su razón de ser en el marco de la transformación de las sociedades pero, lo que es más importante, que desde el mismo momento del contacto, la historia michoacana se enlazó, y sigue estándolo hasta nuestros días, con la historia universal.

Para finalizar con estos comentarios quisiera solamente abordar dos puntos que llamaron mi atención. Uno es el de la importante presencia de la cultura jurídica a lo largo de las páginas de Convivencia y Utopía y el otro el proceso de transformación de la cultura de los naturales de Mechuacan.

No es gratuito que el origen de la investigación que dio lugar a este libro haya sido el registro en papel de un pleito por el intento de robo de una caja de tres llaves, es decir, un documento producido como un instrumento legal dentro de un proceso judicial. Y es que en la forma de hacer política en ese tiempo tenía mucho peso la cultura jurídica. Los disensos políticos se resolvían por medio de procesos judiciales, de querellas y peticiones elevadas al rey como juez y a sus representantes (oidores y virreyes), querellas y peticiones que seguían procedimientos establecidos para “hacer justicia”, para reestablecerla. Esta forma de concebir la política en aquella época la encontramos retratada a lo largo del libro pues está lleno de continuas referencias a pleitos, testigos y procesos. Por otra parte, vemos la manera en la cual, después del primer impacto del encuentro, que fue de una violencia inusitada como la que sufrió el Cazonci Francisco Tangáxoan Tzintzicha y otros acháecha, los principales uacúsecha comprendieron las bondades que traería consigo el apropiarse y utilizar a su favor varios elementos culturales hispánicos, entre otros, los relativos a la cultura jurídica. A través de ella podían defender frente a los españoles sus tierras, sus privilegios, su capacidad de mando sobre sus tributarios.

Esto nos pone de nueva cuenta en una discusión que tienen los académicos sobre la transformación de la cultura indígena a partir del contacto con los españoles. Y en este sentido, el trabajo de Rodrigo Martínez echa luz sobre este proceso en el ámbito michoacano que, al parecer, guarda una relación muy estrecha con el proceso estudiado por Lockhart para los nahuas del centro de México. Y aquí, Convivencia y Utopía abre ventanas a la investigación venidera pues se antoja un estudio más puntual y revisionista acerca de la estructura, funcionamiento y transformaciones del ireta y del iréchequa que, a juicio del autor, son comparables con el altépetl nahua estudiado por Lockhart, es decir, con las unidades político territoriales étnicas previas a la conquista. Se antoja también un estudio más meticuloso sobre el proceso de transformación del primer gobierno indio y la posterior estructuración en forma de cabildo que Rodrigo asimismo equipara al lento proceso de implantación de la gobernadóryotl que caracteriza, siguiendo a Lokchart, la transformación del gobierno de los altepemes nahua en la segunda mitad del siglo XVI. En este sentido, es cierto que el capítulo VII de Convivencia y Utopía presenta una excelente revisión del problema, pero abre muchas más interrogantes. Asimismo, valdría la pena también abrir un frente de investigación respecto a la sociedad michoacana prehispánica previa a la conquista, en el aspecto que se aventura en la página 105 respecto al nivel de desarrollo de la sociedad y las relaciones de género.

Sin más, les extiendo una invitación a leer este libro de Rodrigo Martínez pues aparte de que he aprendido y disfrutado con su lectura, me resultó sugerente en más de un aspecto para seguir investigando con el entendimiento.”

Víctor Gayol


Cliotropos

17Nov07

Acabo de leer el nuevo blog de mi amigo y colega Felipe Castro: Clíotropos. Felipe es ya un antiguo usuario del Internet y un entusiasta a la hora de elaborar y mantener proyectos cuya finalidad es mantener conectada a la comunidad académica, a los historiadores y a la gente interesada en la historia. Desde hace más de diez años, Felipe ha sido el sostén de H-México, un sitio en la red cuya lista de correos ha mantenido interconectada a la comunidad interesada en la Historia de México. De reciente creación, al día de hoy Clíotropos tiene ya dos entradas que invitan a reflexionar sobre dos cuestiones muy importantes para los historiadores -pero también para otros académicos. Una es animada por la pregunta ¿Son obsoletos los congresos?, que es una reflexión acerca de la pertinencia de mantener, en una época en la que es posible la comunicación por medios mucho más rápidos y eficaces -como internet-, ese formato de encuentros académicos para el intercambio de información. La otra entrada, también muy interesante, es sobre las revistas académicas en tiempos digitales (1 y 2), y permite en pocas líneas hacernos una idea del potencial que tiene Internet para la comunicación de los productos de la investigación académica frente a los problemas que tiene actualmente su difusión por los medios tradicionales de las revistas impresas. Esta entrada de la bitácora de Felipe está complementada por una muy completa página de Revistas en línea sobre historia de México, en la cual se encuentran tanto publicaciones que siguen el proceso tradicionaldela revista impresa pero que ya han “subido” a la red sus contenidos, como revistas que únicamente son consultables en Internet. No queda más que saludar la nueva bitácora de Felipe Castro, colaborar en ella, y seguir de cerca los temas que irán apareciendo y que, con seguridad, serán todos y cada uno de interés para los historiadores en los tiempos del Internet, pero también para otros académicos.

Víctor Gayol


¿Para qué una bitácora? Parecería que a los historiadores, o cualquier otro tipo de académicos, que contamos con foros para el intercambio de ideas e información, no nos haría falta entrar en la “fiebre bloggeril” de la Web 2.0 y abrirnos un blog. Asistimos a congresos, seminarios y coloquios, enviamos nuestros textos a publicaciones especializadas, preparamos libros, damos clases. Pero todo ello se queda en el ámbito del intercambio de información y contenidos entre los propios colegas e, incluso, entre un reducido número: el de los “especialistas en…”

Pero en algunas ocasiones, nos hemos propuesto entrarle a proyectos que han tenido el principio de divulgar a un espacio social un poco más amplio no sólo los contenidos sino las interpretaciones sobre la historia. Eso fue lo que me llevó a colaborar con Felipe Castro en el proyecto sobre historia de México (H-México) que anima él desde hace más de diez años. Ahí se nos ocurrió abrir, hace ya más de un año, un espacio llamado Historia Colectiva de México de H-México. La idea era formar, poco a poco, un espacio en la red para ir cubriendo temas de interés sobre la historia de México, escrito por académicos pero dirigido a un público amplio. Queda ahí el testimonio de la respuesta de varios de nuestro colegas quienes, generosamente, nos enviaron textos escritos en lenguaje asequible. Queda pendiente seguir alimentando ese espacio de conocimiento en la red.

Pero justamente, hace unos días, mientras nos desplazábamos en automóvil a un congreso, Felipe y yo nos pusimos a conversar acerca de esto de los weblogs (o bitácoras). ¿Para qué nos podrían servir? Había que empezar el experimento. Así que este es un inicio de exploración/experimentación de las posibilidades de la web 2.0, abriendo diálogo con otros colegas pero también con el resto de la gente que transita por Internet y que se interesa por la historia, la antropología o las ciencias sociales. Y, aunque me haré responsable de lo aquí escrito, no puedo más que echarle la culpa a Felipe por contagiar con su ánimo, como siempre.




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