tejido fino
Hace ya algunos meses, los colegas del Grupo Kw’aniskuyarhani de Estudiosos del Pueblo Purépecha, organizaron una reunión en la que se comentó el libro de Rodrigo Martínez Baracs, Convivencia y Utopía. El gobierno indio y español de la “ciudad de Mechuacan”, 1521-1580, México, Fondo de Cultura Económica, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2005, 471 p. En esa sesión hicieron también muy buenos comentarios (mejores que el mío): Felipe Castro Gutiérrez, don Carlos Herrejón Peredo, Hilario Topete e Ismael García Marcelino. Cuelgo aquí el textito que leí entonces:
“Quiero agradecer a los colegas, Carlos Paredes Martínez y Carlos García Mora la invitación para estar aquí el día de hoy, con este grupo de estudiosos Kw’anískuyarhani, “investigar con el entendimiento”. Pero sobre todo, quiero agradecerle a mi amigo Rodrigo el haberme regalado hace dos meses este libro que escribió y que comentamos hoy. Y se lo agradezco porque en él descubro una invitación a recorrer de nueva cuenta la historia michoacana del siglo XVI a través de sus ojos indagadores que no se satisfacen con respuestas sencillas. Por eso no quiero que este comentario sea una sesuda crítica o una reseña académica, sino una invitación a leer pausada y atentamente las casi 500 páginas de Convivencia y Utopía, comunicándoles a la vez el gozo que experimenté al leerlo.
Yo no soy especialista en asuntos michoacanos como sí lo son los comentaristas a los que acompaño. Ni en los tarascos en la época colonial, como lo es Felipe, ni soy especialista en la ciudad de Guayángareo, como sí lo es don Carlos, ni en cultura purhépecha contemporánea como lo son Hilario Topete e Ismael García Marcelino. Ellos tienen mucho más que decir respecto a cuestiones puntuales del libro. Pero soy historiador y creo que puedo apreciar la manera en la que se escriben los libros de historia. Y de eso quiero hablarles: de cómo está construido, edificado, y de qué trata Convivencia y Utopía.
Convivencia y Utopía es un libro sencillo porque se lee con una gran facilidad y atención gracias a la impecable pluma de Rodrigo. Pero a la vez es un libro complejo por su diseño, por la manera en la que está armado, por su arquitectura, porque los libros, como las casas, tienen cimientos, tienen paredes, tienen ventanas y techos. Y en este caso el libro tiene unos cimientos muy sólidos (documentales e historiográficos), unas paredes fuertes (la estructura narrativa y la argumental con la que el autor reflexiona sobre los hechos), y un techo que cobija al lector que es justamente la escritura amena.
Es un libro en el cual el autor intenta y logra, creo yo, tres cosas fundamentalmente. En primer lugar nos narra una historia que resulta muy difícil de contar porque el tema del gobierno indio y el gobierno español tiene muchos recovecos, además de que toca temas en los que muchos investigadores y sabios han incursionado. En segundo lugar, para contarnos bien la historia, el autor no se contenta con explicarnos en su narración el cómo se van desarrollando los acontecimientos, sino que nos va ofreciendo continuamente una serie de claves para la comprensión de lo que está narrando. Y por último, va haciendo preguntas a cada paso, abriendo e invitando así a sus colegas (a nosotros) a abordar todos esos problemas de investigación que obviamente no pueden resolverse en un solo libro.
Además, es un libro que tardó casi veinte años en cocinarse. En 1986 Rodrigo encontró, aquí en el archivo histórico de la ciudad de Pátzcuaro, un documento del año de 1577 que trata del pleito que se armó cuando Hernán Sánchez, escribano de Guayángareo, intentó robarse la caja de “tres llaves” de la ciudad de Pátzcuaro, en el interior de la cual se guardaban, entre otros papeles, las reales cédulas que acreditaban que Pátzcuaro llevaba por título el de ciudad de Mechuacan. Fue entonces cuando don Juan Purúata, gobernador indio de la ciudad y por aquel tiempo segundo marido de la poderosa María Maruáquetzcu (viuda de Antonio Huítziméngari), levantó una querella ante el justicia y alcalde mayor Sebastián Macarro. El documento deja constancia de un asunto judicial que pudo haber pasado inadvertido a ojos de otra persona. Un robo de una caja, y ya. Pero el autor se dio cuenta que detrás de este robo había un enorme pleito entre Pátzcuaro, Tzintzuntzan y Guayángareo, en el que disputaban cuál de las tres poblaciones era la “ciudad de Mechuacan”. En otras palabras apreció la dimensión del problema y se avocó durante años a proponer una explicación satisfactoria, la cual presentó como tesis doctoral hace unos cuatro años en la Escuela Nacional de Antropología e Historia. ¿Cómo había llegado a darse ese pleito de 1577 en el que estaban involucradas autoridades indias y españolas, seculares y eclesiásticas? ¿Por qué pleiteaban por el nombre de una ciudad? ¿Qué implicaba esto?
Una ciudad en aquel tiempo no se definía de la misma manera que ahora, es decir, a partir de una serie de factores como lo son el número de habitantes, de servicios, la concentración de actividades económicas y otros indicadores de urbanización que consideran los estudiosos. Una ciudad en aquel entonces era ciudad porque estaba dotada con una serie de privilegios otorgados por el rey –privilegios políticos, económicos y de otro tipo-, que le permitían ejercer un control sobre las poblaciones a su alrededor, recaudar impuestos, mandar, ser cabeza de provincia. Por supuesto que para los vecinos principales, es decir, para las elites de una población, el que ésta tuviera el título de ciudad les otorgaba capacidad política para relacionarse con otras autoridades, como el rey, el virrey, la audiencia, el arzobispo o el obispo y, por supuesto, con otras ciudades y poblaciones. Pero el pleito entre Tzintazuntzan, Pátzcuaro y Guayángareo, no era simple y sencillamente un pleito de a ver cuál población era ciudad, sino que era un pleito que implicaba qué grupo tenía la condición para controlar políticamente la provincia. Desde su fundación también como ciudad de Mechuacan, en 1541, Guayángareo era una población primordialmente española con elites españolas que se habían trasladado ahí desde la antigua ciudad de Mechuacan (Uchichila o Huitzitzillan o Tzintzuntzan) tres años después de que Vasco de Quiroga trasladase a su vez el obispado de Tzintzuntzan a Pátzcuaro. Por su parte, las elites de Pátzcuaro eran los descendientes de los acháecha, de los antiguos señores de linaje uacúsecha que habían construido un importante iréchequa que controlaban desde la región lacustre (Pátzcuaro – Ihuatzio – Tzintzuntzan) desde por lo menos la segunda mitad del siglo XV hasta la llegada de los españoles. Y por otro lado, el pleito entre Pátzcuaro y Tzintzuntzan era un pleito entre las mismas elites uacúsecha, es decir, entre los que se trasladaron a Pátzcuaro y los que se quedaron en Tzintzuntzan y que se negaban a perder su antiguo estatus de ciudad. Pero el pleito se hizo más complejo por otra serie de discusiones en la que los protagonistas eran el clero regular –los franciscanos asentados en su monasterio en Tzintzuntzan-, y el clero secular, es decir, el obispo de Mechuacan, Vasco de Quiroga.
De por sí ya es difícil contar esta historia de las relaciones de poder, de las disputas y de las alianzas temporales de los diferentes grupos de intereses que están detrás de la discusión sobre a qué población le correspondía el título de ciudad de Mechuacan. Sin embargo la narrativa del autor nos va introduciendo meticulosamente en las diferentes aristas del relato, en los actores y en el transcurrir del tiempo. Los protagonistas de la historia son el gobierno español y el gobierno indígena de la ciudad de Mechuacan – Pátzcuaro, y las relaciones entre ellos. Nos cuenta la manera en la que se crearon ambos poderes y como fueron teniendo mayor o menor control político desde la conquista hasta el año de 1580, cuando al traslado definitivo del cabildo español a Guayángareo –llamado Valladolid desde 1577 o 1578-, le siguió también el traslado de la catedral, restándole así importancia política a Pátzcuaro.
En el relato se van entrelazando un sinnúmero de personajes, muchos de ellos clave, para esta historia política. Conquistadores, encomenderos, acháecha uacúsecha y sus herederos, frailes, oidores, corregidores, y otras autoridades indias y españolas. Sin embargo, el autor no nos presenta solamente el complejo relato de lo acontecido, sino que nos ofrece las claves para comprender los hechos tratando de reconstruir a la par la perspectiva de los protagonistas de este relato. Es decir, hay un esfuerzo constante por introducirnos en un mundo y en un tiempo histórico cuya cultura era muy diferente de la nuestra de hoy en día. Y esto es lo que le da un giro muy interesante y enriquecedor al relato. Porque no basta explicar, narrar las acciones de un Antonio Huítziméngari, de un Pedro Cuínierangari, de un Francisco Taríacuri, de un conquistador extremadamente violento como Nuño de Guzmán, del utopista Vasco de Quiroga o de un personaje execrable como el encomendero Juan Infante, sino que hay que comprenderlas en su contexto cultural. Y este contexto es el de una cultura que en el siglo XVI se está transformando rápidamente, pues tanto los referentes culturales de los indígenas michoacanos se fueron transformando con el contacto, como los de los españoles y nahuas que llegaron a estas tierras.
Por eso al relato le acompañan y sirven como urdimbre del tejido copiosos argumentos que nos van haciendo comprender qué sentido tenían las acciones de cada uno de los protagonistas. El ejemplo más impresionante de esto es la propia entrada al libro previa al relato: un capítulo de 61 páginas en las que el autor se dedica meticulosamente a hacernos comprender la importancia de los nombres: los nombres de las cosas, los nombres de los lugares, los nombres de las personas. Y si alguien se salta este capítulo queriendo entrarle directamente al relato, no va a entender el porqué el autor, en un momento determinado de la narración en la que nos venía hablando de Uicicila, nos va a empezar a hablar de Uchichila y luego de Tzintzuntzan para referirse al mismo sitio. Este cambio no se trata de un error sino todo lo contrario: en primer lugar es evitar el error que produce ese fantasma que nos persigue a los historiadores, el anacronismo. Pero en este caso va más allá pues nos sensibiliza en el hecho de que lo que se dice y el como se dice, la manera en que se nombra, por ejemplo, a una población o a sus habitantes en un documento, en un proceso judicial, refleja las convicciones, la posición política y las expectativas de quien habla, de quien nombra. Y no sólo eso, sino que enfatizados estos cambios a través de la narración nos va introduciendo en parte de esta vivencia que debieron experimentar los protagonistas ante las transformaciones culturales y políticas de su tiempo.
Otro aspecto destacable del libro y que enriquece mucho la narración y la comprensión de la historia es que el autor se preocupa por insertar la historia del gobierno indio y español de la ciudad de Mechucan en una serie de contextos que se entrecruzan con la historia michoacana del siglo XVI y que la hacen más inteligible. De este modo por ejemplo, los capítulos IV y V, dedicados el primero a describir la manera en la que Vasco de Quiroga adquirió un pensamiento comunitarista utópico influido por Tomás Moro y Erasmo y el siguiente a relatar la forma en la que Quiroga aplicó ese pensamiento mediante la fundación de los pueblos hospitales de Santa Fe en México (1532) y Mechuacan (1533) y lo que sería el proyecto de su vida: la fundación de una ciudad india y española, cabecera secular y eclesiástica de la provincia de Mechuacan. A través de los personajes como Quiroga, Moro, Las Casas, en estos capítulos nos adentramos en el mundo europeo de principios del siglo XVI y observamos los procesos de transformación que se estaban llevando a cabo a raíz de la expansión iniciada en los años finales del XIV. Entendemos entonces que los proyectos comunitarios tienen su razón de ser en el marco de la transformación de las sociedades pero, lo que es más importante, que desde el mismo momento del contacto, la historia michoacana se enlazó, y sigue estándolo hasta nuestros días, con la historia universal.
Para finalizar con estos comentarios quisiera solamente abordar dos puntos que llamaron mi atención. Uno es el de la importante presencia de la cultura jurídica a lo largo de las páginas de Convivencia y Utopía y el otro el proceso de transformación de la cultura de los naturales de Mechuacan.
No es gratuito que el origen de la investigación que dio lugar a este libro haya sido el registro en papel de un pleito por el intento de robo de una caja de tres llaves, es decir, un documento producido como un instrumento legal dentro de un proceso judicial. Y es que en la forma de hacer política en ese tiempo tenía mucho peso la cultura jurídica. Los disensos políticos se resolvían por medio de procesos judiciales, de querellas y peticiones elevadas al rey como juez y a sus representantes (oidores y virreyes), querellas y peticiones que seguían procedimientos establecidos para “hacer justicia”, para reestablecerla. Esta forma de concebir la política en aquella época la encontramos retratada a lo largo del libro pues está lleno de continuas referencias a pleitos, testigos y procesos. Por otra parte, vemos la manera en la cual, después del primer impacto del encuentro, que fue de una violencia inusitada como la que sufrió el Cazonci Francisco Tangáxoan Tzintzicha y otros acháecha, los principales uacúsecha comprendieron las bondades que traería consigo el apropiarse y utilizar a su favor varios elementos culturales hispánicos, entre otros, los relativos a la cultura jurídica. A través de ella podían defender frente a los españoles sus tierras, sus privilegios, su capacidad de mando sobre sus tributarios.
Esto nos pone de nueva cuenta en una discusión que tienen los académicos sobre la transformación de la cultura indígena a partir del contacto con los españoles. Y en este sentido, el trabajo de Rodrigo Martínez echa luz sobre este proceso en el ámbito michoacano que, al parecer, guarda una relación muy estrecha con el proceso estudiado por Lockhart para los nahuas del centro de México. Y aquí, Convivencia y Utopía abre ventanas a la investigación venidera pues se antoja un estudio más puntual y revisionista acerca de la estructura, funcionamiento y transformaciones del ireta y del iréchequa que, a juicio del autor, son comparables con el altépetl nahua estudiado por Lockhart, es decir, con las unidades político territoriales étnicas previas a la conquista. Se antoja también un estudio más meticuloso sobre el proceso de transformación del primer gobierno indio y la posterior estructuración en forma de cabildo que Rodrigo asimismo equipara al lento proceso de implantación de la gobernadóryotl que caracteriza, siguiendo a Lokchart, la transformación del gobierno de los altepemes nahua en la segunda mitad del siglo XVI. En este sentido, es cierto que el capítulo VII de Convivencia y Utopía presenta una excelente revisión del problema, pero abre muchas más interrogantes. Asimismo, valdría la pena también abrir un frente de investigación respecto a la sociedad michoacana prehispánica previa a la conquista, en el aspecto que se aventura en la página 105 respecto al nivel de desarrollo de la sociedad y las relaciones de género.
Sin más, les extiendo una invitación a leer este libro de Rodrigo Martínez pues aparte de que he aprendido y disfrutado con su lectura, me resultó sugerente en más de un aspecto para seguir investigando con el entendimiento.”
Víctor Gayol
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Felicidades a Rodrigo. Una persona muy sensible y humilde. Tenerlo vivo es un placer.