Hace unos días leí un buen ensayo de Adolfo Estalella en ConTextos acerca de algo que él denominó el “científico unidimensional”. El ensayo de Adolfo centra la discusión en el problema del diálogo del científico social con la academia y con la sociedad. Ambos diálogos parecerían excluyentes entre sí, ya que la dinámica de la producción de conocimiento ha propiciado que el científico dirija sus mayores esfuerzos a abonarse puntos y reconocimiento dentro del ámbito formal de la academia, olvidando de esta manera a otro posible público (la “sociedad”, signifique esto lo que sea). La reflexión de Adolfo ha tenido resonancia en la bitácora de mi amigo Felipe Castro, quien a su vez ha reflexionado sobre la situación particular de los historiadores y su relación con la academia científica por una parte, y las formas de construcción de la memoria colectiva, por la otra. Felipe, con mucha razón, se queja que los historiadores optamos por ingresar al mecanismo de premios y recompensas del sistema científico, el cual marca pautas homologadas de producción de conocimiento sin distinción de la propia naturaleza -y función social- del mismo. Esto ha traído aparejada la marginación del historiador respecto del proceso de construcción de la memoria colectiva, pues ésta ha quedado en manos del “sistema público de enseñanza, los partidos políticos, las cadenas de televisión y las redacciones de los periódicos, esto es, en medios y espacio en los que los historiadores tenemos poca influencia”, según las palabras del propio Felipe.

Ambas reflexiones resultan muy pertinentes ya que nos llevan al centro del fenómeno descrito una y otra vez por Pierre Bourdieu en diversas obras, pero fundamentalmente en La Distinction (Minuit, 1979), Homo Academicus (Minuit, Paris, 1984) y Les Règles de l’art (Seuil, 1992). En apretadas y resumidas cuentas, la producción de capital cultural y la estructuración jerárquica de los distintos campos de producción cultural (la academia científica o la artística, la definición misma de quién es intelectual, científico o artista según ciertas reglas), están organizadas en función de las necesidades y estrategias de legitimación de la clase hegemónica. Las prácticas de los científicos (formas de diálogo, formas de producción de conocimiento), a las que se refieren Adolfo y Felipe, no son otra cosa entonces que las disposiciones para la acción de dichos agentes para sobrevivir sin contradicción o problemas en la lucha por adquirir cierto poder o mantener una posición o status quo cómodo dentro del respectivo campo de producción cultural. Pero no es de Bourdieu y el homo academicus de quien quiero escribir aquí, sino del problema del “científico unidimensional” y su uso por Estalella. Y aquí va mi crítica (amigable) a Adolfo.

El concepto de “científico unidimensional” no puede ser utilizado sin escuchar ciertas resonancias de la obra más conocida de Herbert Marcuse, One Dimentional Man (Boston, Beacon 1964), sobre todo por parte de un científico social que se pregunta acerca de que postura asumir frente al peligro de convertirse en eso. Y si bien es cierto que el problema del diálogo del productor de conocimiento (diálogo con quién, para qué) es uno de los puntos clave del asunto en los textos de Adolfo y Felipe, no resulta el aspecto fundamental sobre el que haya que decantarse para evitar seguir siendo un “científico unidimensional”.

La idea de Marcuse acerca del hombre unidimensional surge del análisis de la sociedad de post guerra que, después de los años cincuenta, se convirtió en una sociedad sin oposición en la cual la función crítica respecto al poder quedó paralizada. Parte de la estrategia para la construcción de la ficción de la sociedad democrática occidental del siglo XX pasó por intensos procesos de institucionalización de los derechos y las libertades (entre ellos el del pensamiento crítico) y, por consiguiente, de la función renovadora y revolucionaria de la producción y el uso del conocimiento. Es ahí donde aparece el hombre unidimensional, que produce y reproduce acríticamente los elementos legitimadores de dicha ficción.

El trabajo de Marcuse se escribió y publicó previamente a las grandes revoluciones sociales y culturales que significaron los diversos movimientos de finales de la década de los sesenta. Sin embargo, y a pesar de la contundencia de las grandes transformaciones que significaron los hechos de aquellos años, las clases hegemónicas han sabido mediatizar los nuevos derechos y libertades adquiridas con nuevos procesos de institucionalización que han logrado neutralizar el criticismo y han venido a reforzar la existencia del hombre unidimensional bajo la ilusión de mayor democracia, mayor libertad, mayor capacidad de acción, inclusión de las minorías antes marginadas a una vida política y la creación de plataformas (como la blogósfera) que ayudan a mantener la ficción de que existe una opinión pública activa, crítica y con peso en las decisiones.

La respuesta entonces a la pregunta (muy válida) de cómo dejar de ser un científico unidimensional, no pasa solamente por el problema de los diálogos y lo espacios de producción de conocimiento, sino por la naturaleza (crítica o no) de los mismos, es decir, por la construcción colectiva de un hombre omnidireccional.



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