Martín González de la Vara (2006), La Michoacana. Historia de los paleteros de Tocumbo, presentación del Antrop. Lázaro Cárdenas Batel (gobernador constitucional del Estado de Michoacán), Zamora, El Colegio de Michoacán, Gobierno del Estado de Michoacán, 2006, 235 p.
Varias generaciones de gente que vive en México, o en algunas partes de los Estados Unidos, no puede dejar de relacionar el disfrute de las paletas (esos bloques congelados de sabores que hacen sonreír a chicos y grandes en pleno calor), con el nombre de La Michoacana. Por lo menos desde 1930, en las principales ciudades del país, las paletas vinieron a ser una de las delicias preferidas de los niños al salir de la escuela. Después de 1940, varios migrantes que habían salido del pequeño pueblo de Tocumbo, en el norte de Michoacán, hacia las grandes ciudades, empezaron a utilizar el nombre de La Michoacana en sus paleterías. Con el paso del tiempo, los paleteros de Tocumbo crearon un emporio basado en redes familiares y de compadrazgo que se extendió por todo el país. La historia de estos paleteros es lo que cuenta el libro de Martín González de la Vara, profusamente ilustrado con hermosas fotografías que hablan, silenciosa pero elocuentemente, de ese fugaz placer que es llevar a la boca ese hielo de sabores que se derrite invariablemente como la vida misma “aunque uno le chupe el sabor.”
La historia de la comida es aún una historia muy alejada del rigor de los cánones académicos, según muchos adeptos a Clío. Sin embargo, la historia de la comida (y, peor aún, la historia de los dulces, los postres o los refrigerios, de los disfrutes), aunque no haya tenido una buena aceptación en los círculos sabihondos de la disciplina, son historias que nos llevan a recorrer un entramado cultural, social y político que nos arroja una descripción más acabada de la realidad, una capacidad para ver las cosas y explicarlas que muchas historias de lo político o de lo social desearían tener.
Porque la historia de La Michoacana, esa paletería que cualquier hijo de vecino en México habrá visitado, en cualquiera de los puntos cardinales donde haya crecido, es la historia de un fenómeno que, si bien particular, retrata con excelente rigor histórico la realidad del mundo ranchero en crisis que trata de sobrevivir en medio del crecimiento de lo que llamamos “estado nacional”.
La Michoacana es la historia de lo que la gente de un pequeño pueblo en la cordillera de la sierra michoacana de Cotija se aventuró a hacer. Con una excelente presentación de lo que fue la historia del helado y las nieves en México, desde la colonia, Martín González de la Vara nos presenta la urdimbre con la que va a tejer otra historia muy distinta, pero a la vez innolvidable: la de aquellos migrantes de sociedades rancheras a las grandes ciudades que tienen que buscar una forma de vida. Y como buenos rancheros (véase la discusión de este apelativo y su significado concreto en la vida mexicana en diferentes textos, como por ejemplo, el de Esteban Barragán, Con un pie en el estribo), buscan otras lomas que conquistar, otros horizonte donde poder sobrevivir. Esa es la historia de los paleteros de Tocumbo quienes, en la necesidad por sobrevivir, crearon (quizá sin saberlo ni pensarlo en su momento), una de las más importantes empresas mexicanas que, por cierto, no le hacen el juego al capitalismo.
Redes sociales y familiares, historias de una economía familiar extensa que se convierte en empresa que -justo por su naturaleza-, puede soportar las peores crisis económicas que afectan a otras empresas, al grado de trascender el terruño y apoderarse de lugares tan extraños como “ese otro lado de la frontera”. La Michoacana (¿quién, nacido despues de los cuarenta, nunca probó aquellas paletas?), es una historia deliciosa, salpimentada con la gran sapiensia y facilidad de pluma de Martín González de la Vara, que nos lleva a reconocer que ese otro mundo que está fuera de las historias oficiales del desarrollo económico y social, tiene algo que decirnos y enseñarnos. Así, entre la nive, el agua y el calor (méndigo que no dejaba fraguar los helados), Martín Gonázlez de la Vara nos regala un texto lleno de frescura, como para tomarnos un helado, justamente, de La Michoacana. ¡Ay, amita, qué calor!
Adenda: Después de escribir esta pequeña entrada en el blog leí la reseña que le hizo al libro Laura Velasco Ortiz, investigadora del Colegio de la Frontera Norte, y que fue publicada en la revista Historia Mexicana, LVIII:1 (julio-septiembre, 2008), pp. 509-516. La reseña de Velasco describe muy bien el contenido del libro e invita a pasear por sus páginas. Después de su lectura, además de leer el libro de Martín, se antoja una paleta de La Michoacana.
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Víctor: De veras que muy interesante, veré si me pesco el libro. Creo que haces bien en apuntar lo “desdeñosos” que podemos ser, al seleccionar los temas que académicamente nos generan interés y creer que el resto, es pura nimiedad. Sonreiré cuando me coma la siguiente paleta de La Michoacana.
Por cierto, de lo de los científicos unidimensionales, ¿qué no son por lo general sólo parte de un sistema, producto de una manera de mirar las cosas? En fin, puede que me haya deschavetado. Un abrazo!
hola voy a inaugurar una neveria, me gustaria que me dieran algun consejo de nombres para la misma